Por Christian C.
Giacomo Casanova nos ha legado una excelente narración en su obra Icosameron, publicada en 1788 en Praga, en que se aborda bajo una mascarada literaria de «ficción» el tema del mundo intraterreno, así como cierta condición reptílica de los allí residentes.
Esta temática era conocida y manejada ya por distintas vertientes de la sinarquía, incluyendo la Iglesia, algunas logias masónicas y ciertas sociedades ocultas, con las cuales Casanova mantuvo estrecho contacto, siendo incluso un adherente iniciado.
No obstante, estas diversas sociedades ocultas y grupos esotéricos o brazos de poder de la sinarquía mantuvieron en una forma un tanto velada este conocimiento, a la vez que era tratado en ciertos círculos más reservadamente, y al mismo tiempo expuesto o lanzado codificadamente en forma de «novelas», siendo recepcionadas por el público no iniciado, quien solo veía «obras de ficción», o «ideas delirantes» en los promotores de algunas de estas cuestiones.
Cuando se habla del mundo intraterreno, o «Tierra hueca» no necesariamente esto indica la morada de Agartha de los Siddhas leales, como a veces se supone.
En «El misterio de Belicena Villca», con relación al Cristo hebreo (imitación demiúrgica del Kristo atlante, o Kristos Lucifer), Nimrod de Rosario refiere lo siguiente en la carta de Belicena Villca a Arturo Siegnagel:
«Tal actualización del Arquetipo Malkhouth significa que se ha establecido una fuerza permanente en la Tierra, la cual actúa de manera equivalente a la gravitatoria “empujando” al hombre hacia la forma judaica. Ello es debido a una razón que es también un terrible secreto: ¡Jesús Cristo no ha desencarnado! Por el contrario se ha situado desde entonces “en el centro de la Tierra”, junto al Rey del Mundo, irradiando desde allí su “potencia arquetípica” (hoy diríamos “información genética”) en infinitos ejes geotopocéntricos que parten del centro terrestre y atraviesan la columna vertebral de los hombres. Esta es la fuerza arquetípica permanente de Jesús Cristo.»
Esto nos dice claramente, que también desde el mundo intraterreno existe un foco de poder demiúrgico, que de allí dimana.
Bien, lo interesante en la exposición que hace Casanova, es su análisis del Génesis bíblico, donde efectúa una exégesis interpretativa a partir del texto, en que claramente se entienden las alusiones allí dadas a este mundo interior.
Se hace necesario así revisar el texto del Génesis, prestando atención a las observaciones realizadas por Casanova, de las que también haremos algunos comentarios, en consonancia con la tesis del mundo intraterreno desde la Sabiduría Hiperbórea.
Por supuesto que los planteos que hace Casanova no cuentan con el aval de la teología eclesiástica en la actualidad (en parte debido al ocultamiento, aunque hubo también intérpretes y exégetas eclesiásticos que sostuvieron una tesis similar), ni sus análisis desde la física son aprobados por la física convencional del ala científica sinárquica.
Algunos datos pueden de hecho estar desfasados en el tiempo, siendo comprensible ya que el Icosameron fue escrito en 1788, más lo que aquí nos interesa analizar es como en el Génesis bíblico se trata claramente de este mundo interior.
No es el propósito en el presente análisis citar toda la fundamentación científica del mundo intraterreno, habiendo suficiente literatura especializada en la materia, recomendando al lector interesado «Las pruebas materiales de la Tierra Hueca» de Hector Antonio Picco.
Tampoco estamos aquí refiriendo a Casanova como un referente de lo Hiperbóreo, sino citando una novedosa e inédita obra suya, donde se destacan aspectos que sí son afines a la tradición Hiperbórea, pudiendo haber sido conocidos por Casanova debido a su contacto con algunos iniciados y sociedades ocultas, o bien incluso desde su «imaginación» en la novela ficticia escrita, haber captado algunas cuestiones desde la Minne, manteniendo no obstante ciertas confusiones que luego precisaremos.
No nos detendremos aquí en un análisis de las influencias sumerio-babilonias o egipcias del Génesis, lo cual ameritaría una exposición aparte, ni tampoco las inconsistencias y contradicciones del texto que algunos eruditos han acertadamente advertido, sino que nos focalizaremos en el tema del mundo subterráneo.
Casanova aclara que aunque respeta la doctrina de la Iglesia católica, basando su análisis del Génesis en la razón y una exégesis puramente literal y filosófica, mantiene una divergencia fundamental, sosteniendo que el relato bíblico describe la existencia de dos creaciones y mundos distintos.
Por un lado el mundo exterior (convexo), que es la superficie imperfecta donde habitamos, lugar donde Dios creó a Adán y a donde fue relegado tras la caída.
El texto bíblico es claro al respecto en cuanto que el sitio de la creación de Adán, y el Edén a donde fue colocado posteriormente, son dos lugares distintos, retornando luego al sitio donde había sido formado, fuera del Edén:
«Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente.
Luego plantó Yahveh Dios un jardín en Edén, al oriente, donde colocó al hombre que había formado.» (Gn. 2.7-8)
Y por otro lado, el mundo interior (cóncavo/Tierra Hueca), siendo un mundo interior habitable (el verdadero paraíso terrenal) iluminado por un sol central, y habitado por seres llamados Megamicres.
Para fundamentar esto, realiza una lectura y exégesis interpretativa detallada de los días de la creación, que se hace necesario aquí repasar.
Iniciando con el primer día, a diferencia de la mayoría de los exégetas, argumenta filosóficamente que la materia no fue creada de la nada (ex nihilo), sino que es coeterna a Dios.
Afirma que la palabra hebrea «bara» (creavit) significa dar forma a algo que no la tenía (el Tohu-Bohu o estado primigenio del caos).
El Génesis principia así de este modo:
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas.
Dijo Dios: «Haya luz», y hubo luz.
Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad;
y llamó Dios a la luz «día», y a la oscuridad la llamó «noche». Y atardeció y amaneció: día primero.» (Gn. 1.1-5)
Aquí se advierte claramente una substancia primigenia preliminar, definida como oscuridad y vacío o vacuidad (Tohu-Bohu), a partir de la cual se inicia la obra creadora, y es un punto claro (más en consonancia con el texto) de discrepancia con la elaboración teológica oficial, ya que la dogmática católica enseña la creación ex nihilo (de la nada). Casanova rechaza la idea de la «nada» por considerarla una imposibilidad lógica en física, afirmando abiertamente la eternidad de la materia sin que ello prive a Dios de sus atributos, que es quien ordena u organiza la materia.
Esto es concordante con lo que se dice al respecto en «Fundamentos de la Sabiduría Hiperbórea»:
«Para el gnóstico “el mundo” que nos rodea no es más que la ordenación de la materia efectuada por el Dios Creador, El Uno, en un principio, y a la cual percibimos en su actualidad temporal. La Sabiduría Hiperbórea, madre del pensamiento gnóstico va más lejos al afirmar que el espacio, y todo cuanto él contenga, se halla constituido por asociaciones múltiples de un único elemento denominado “quantum arquetípico de energía”, el cual constituye un término físico de la mónada arquetípica, es decir, de la unidad formativa absoluta del plano arquetípico.»
Además se refiere que esa organización de los elementos que da lugar a la manifestación del mundo, tiene lugar en la esencia de un «espacio interno» generado por el propio Demiurgo:
«Consideremos, pues, una ESFERA HUECA, de substancia homogénea. Se trata, topológicamente, de una SUPERFICIE BILÁTERA: un lado lo constituye la superficie esférica interior y otro la superficie exterior. Supongamos ahora que tal esfera hueca representa a un Espíritu eterno ANTES de la caída. Cada uno de los infinitos puntos de la superficie INTERIOR es un núcleo de gnosis absoluta QUE MIRA HACIA EL CENTRO. En el centro, en un punto situado en el espacio hueco interior, convergen todas las MIRADAS de los puntos-gnósticos y se realiza allí una síntesis total de Sabiduría. Se puede decir que en el centro de la esfera espiritual existe un Yo absoluto, que SABE de cada punto de su ser porque, justamente, es la síntesis de todos esos puntos. ¿Cómo ACTÚA un ser así? Contrayendo o expandiendo su volumen y aplicando su Voluntad absoluta en el espacio interior. Si el Yo absoluto quiere, puede contraer la superficie hasta casi confundirse con el punto central; o puede expandirla y crear tanto espacio interior como el de un universo entero; y si lo desea, también, puede ORGANIZAR DICHO ESPACIO INTERIOR y convertirse en Pantocrátor, como alguna vez hizo Abraxas.»
Retomando el análisis del Icosameron, muy acertadamente Casanova observa que la luz aparece el primer día, antes de la creación del Sol (que ocurrió el cuarto día). Por lo que, literal e irrebatiblemente se trata de dos tipos distintos de luz. Concibe así que la luz ya existía en el aire de forma increada y que Dios únicamente la separó de las tinieblas.
Por otro lado, antes de la creación del sol, no puede hablarse precisamente de «día y noche», por lo que estos «días» de la creación se entienden como ciclos de tiempo, denominados días y noches en un sentido convencional.
¿Más, qué es el «abismo» mencionado en el primer día, sobre el que se hallaba «la tierra» en un estado de oscuridad y caos?
A nuestro entender, claramente aquí se alude al abismo interior del «torbellino» de la masa del mundo en formación.
Luego, notemos que en el primer día se habla no del «cielo» en singular, sino de «los cielos».
Por supuesto y desde ya, que un nivel de significado es el de varias capas o niveles de la atmósfera y el mundo estelar, denominándose así «los cielos». Más también «los cielos» puede significar claramente el cielo del mundo exterior de la superficie, y el cielo interior del mundo intraterreno.
Atendamos ahora a que ocurre en el segundo día:
«Dijo Dios: «Haya un firmamento por en medio de las aguas, que las aparte unas de otras.»
E hizo Dios el firmamento; y apartó las aguas de por debajo del firmamento, de las aguas de por encima del firmamento. Y así fue.
Y llamó Dios al firmamento «cielos». Y atardeció y amaneció: día segundo.
Dijo Dios: «Acumúlense las aguas de por debajo del firmamento en un solo conjunto, y déjese ver lo seco»; y así fue.
Y llamó Dios a lo seco «tierra», y al conjunto de las aguas lo llamó «mares»; y vio Dios que estaba bien.» (Gn. 1.6-10)
Casanova no considera aquí «firmamento» como el cielo apreciable desde la superficie que habitualmente vemos, sino que interpreta la palabra hebrea traducida comúnmente como «firmamento», como una bóveda física y sólida de kilómetros de grosor.
Traduce así «bóveda» en vez de «firmamento», considerando que es un término más fiel al original en hebreo, y podemos aducir que de hecho firmamento se puede claramente entender como «algo firme».
¿De qué otra forma se entiende sino, que el firmamento separó las aguas de arriba de las de abajo? ¿Acaso se conciben aguas por encima del cielo?
Y no obstante, el texto también dice «Y llamó Dios al firmamento cielo». Por lo que, se trata evidentemente del «cielo» del mundo interior, que delimita o separa «las aguas de arriba de las aguas de abajo».
Las «aguas de arriba» se entiende que son nuestros océanos (Atlántico, Pacífico, etc.), sostenidos en la cara exterior de la bóveda por la gravedad exterior, mientras que las «aguas de abajo» son los mares y ríos del mundo interior, sostenidos en la cara interior de la bóveda por la gravedad del mundo interior.
Para Casanova, lo que llamamos «firmamento» o bóveda celeste tiene su contraparte perfecta en el interior del mundo, siendo vista la corteza terrestre como una bóveda desde adentro. El mar interior se sostiene y fluye de este modo en la concavidad del globo.
La exégesis bíblica antigua sostenía literalmente que sobre el firmamento del cielo había un océano celestial suspendido y que las lluvias caían cuando Dios abría las «compuertas o cataratas del cielo» (como se menciona en el relato del diluvio en Génesis 7:11).
Más, por supuesto con el desarrollo de la física moderna y la meteorología, se volvió imposible sostener que existe un mar de agua líquida flotando por encima de las nubes o en el espacio exterior. Para alguien ilustrado, hablar de un océano físico sobre el aire resultaba absurdo.
Para salvar esta dificultad sin caer en el literalismo físico de un océano en el cielo, la teología dogmática oficial tendió a alegorizar el pasaje, y así las «aguas de arriba» se interpretaron como la atmósfera, las nubes, las aguas en estado gaseoso, o incluso como un símbolo de los cielos espirituales.
Alguien podría de ese modo argumentar que «las aguas de arriba» pueden interpretarse como «depósitos de agua» en el cielo que hacen llover, más Casanova contraargumenta que de ser así no se habría denominado «mares» a las nubes, ni el conjunto de aguas así formado estaría reunido o acumulado en «un solo lugar» fuera del mundo.
Casanova rechaza las alegorías cuando estas eluden el texto, para no enfrentar la física literal. Él argumenta que si la Biblia es la «palabra fiel», el término «aguas» debe significar masa de agua real, y una «bóveda que separa» debe separar cuerpos de agua físicos reales.
Lo sintetiza de manera magistral en el Icosameron, diciendo «Una bóveda que separa aguas debe tener aguas pesando sobre la superficie de arriba, y sobre aquella de abajo, pues sin eso la bóveda no podría separar más que las aguas de arriba; la superficie de abajo estaría cubierta de aire…»
Por descarte geométrico y físico, ese segundo mar por debajo del llamado «firmamento» solo puede estar en el interior de la Tierra, y así lo enuncia en el Icosameron: «Este segundo mar… no puede ser sino en el interior de la tierra….. Los versículos 11, 12, y 13 hablan de las hierbas, y de los frutales del mundo interior, la cosa es evidente.»
Retomando la cuestión de la bóveda/firmamento, se podría cuestionar si «bóveda» es una traducción lingüísticamente válida, por lo que se hace necesario ir al texto original en hebreo, a fin de constatar el error de traducción por parte de los teólogos y Padres de la Iglesia.
En Génesis 1:6 se utiliza la palabra «Raqia».
Bien, el verbo del que proviene (rāqa’) significa literalmente «martillar, bater o extender una lámina de metal o piedra» (como cuando un orfebre martilla oro o bronce para darle forma cóncava). Por ende, Raqia denota algo que ha sido batido y extendido hasta formar una estructura dura o una bóveda sólida.
Cuando los setenta eruditos judíos tradujeron la Biblia al griego en Alejandría (la Septuaginta), tradujeron Raqia como «Stereoma», que significa «estructura sólida o firme».
Posteriormente San Jerónimo, al traducir al latín en la Vulgata, tomó ese sentido y usó «Firmamentum» (de donde viene «firmamento»), que significa «soporte o base firme».
Casanova rechaza el uso impreciso de «firmamento» en el sentido de un cielo etéreo o mero aire, y rescata la traducción de bóveda (voute en el original francés). Argumenta que una estructura diseñada por Dios para «separar aguas de aguas» debe ser una bóveda física, sólida y con grosor.
Tradicionalmente, la teología e interpretación bíblica ven el firmamento como la atmósfera o la bóveda celeste visible. En tanto que Casanova lo concibe como la corteza terrestre que separa el mundo de la superficie del mundo subterráneo (la Tierra Hueca).
Citando textualmente el Icosameron, «El término hebreo indica una extensión, y yo la llamo bóveda, ninguna más fiel al texto…»
Esta traducción e interpretación en cuanto bóveda tiene precedentes, que rápidamente mencionaremos.
Históricamente, tanto los hebreos como los pueblos mesopotámicos y egipcios, concebían el Raqia como un domo o bóveda sólida real.
Después, autores como Lactancio, San Juan Crisóstomo o San Agustín debatieron la naturaleza física del Raqia. Varios teólogos sostenían que se trataba de una bóveda o cascarón sólido que sostenía las aguas superiores.
Y de hecho, exégetas y eruditos contemporáneos de Casanova, ya discutían la física del Génesis, proponiendo estas ideas. Casanova apela entonces a esta exégesis, ya conocida en su tiempo, para sostener que la interpretación «física o material» del texto es mucho más fiel al sentido literal hebreo que las espiritualizaciones posteriores, en que se concibe el Edén como un sitio o estado inmaterial.
Más no todo lo que dice Casanova de esta corteza tiene base sólida y fundamentada. Ya que menciona por ejemplo «esta bóveda, que tiene un grosor medio de 92 millas inglesas…»
Este dato no es extraído del Génesis, sino de la trama y los datos geofísicos ficticios de su propia novela, el Icosameron.
En la ficción de la obra, Edward y Elizabeth caen al interior de la Tierra a través del abismo del Maelstrom. Edward toma mediciones y notas durante el viaje y calcula que la corteza terrestre (el «techo» o bóveda del mundo interior) tiene una distancia o grosor promedio de 92 millas inglesas (aproximadamente 148 km).
Bajo esta premisa, Casanova argumenta además que para una bóveda separe «aguas de arriba y aguas de abajo», debe poseer dos fuerzas de atracción (una hacia la superficie exterior y otra hacia la superficie interior cóncava). Y esta bóveda es la estructura que sostiene el mundo interior habitable.
Como bien refiere: «…los Megamicres habitantes del mundo interior se mantienen de pie, y caminan sobre su superficie cóncava (…) como nosotros caminamos sobre nuestra convexa. Hace falta pues creer que esta bóveda que se quiere llamar firmamento (…) tiene dos fuerzas de atracción; una arriba, y la otra abajo…»
Ahora bien, ¿Cómo se explica que haya gente caminando por fuera (nosotros) y gente caminando por dentro (los Megamicres), sin que nadie se caiga al espacio ni al centro?
En la física clásica y la teología de la época, se creía que en el centro de la Tierra había un núcleo denso o «punto central» hacia el cual todo era atraído. Acorde a esta concepción, si la atracción viniera solo del centro, las personas en el mundo interior flotarían hacia arriba o se estrellarían contra el sol central.
Casanova rechaza la idea de que la gravedad provenga de un «núcleo central invisible», y sostiene por el contrario que la fuerza de atracción emana de la propia corteza o bóveda de piedra (las 92 millas de grosor).
Sería, figurándolo gráficamente, una bóveda como un imán gigante con dos caras, o un «muro» masivo que atrae las cosas hacia sus dos superficies.
En nuestro caso, caminamos sobre la superficie exterior, y la masa de la bóveda nos tira hacia abajo (hacia el suelo que pisamos), en tanto que los Megamicres caminan por la parte de adentro de ese mismo «cascarón».
Es decir, la masa de la bóveda tira de ellos hacia «arriba» (hacia su suelo cóncavo). Para ellos, su «suelo» es la cara interior de la bóveda y su «cielo» es el espacio vacío donde flota el sol central.
En base a todo esto, para un observador situado en el Mundo Interior (el Edén cóncavo), el «arriba» no es el cielo exterior, sino la cara interna de la bóveda.
Casanova explica que debido a la curvatura cóncava y a las leyes de refracción de la luz en un espacio cerrado y esférico, la línea del horizonte no «cae» como en nuestro mundo convexo, sino que se eleva suavemente en todas direcciones hasta fundirse con la atmósfera.
El ojo humano (o el de un Megamicre) percibe una bóveda celeste redonda sobre su cabeza, donde la atmósfera iluminada simula un firmamento infinito.
Y a diferencia de la superficie exterior, (donde la rotación de la Tierra genera el ciclo de día y noche al ocultarse el sol tras el horizonte convexo), en el interior el sol central está siempre fijo en el «cenit» de todos los puntos de la concavidad.
Por lo tanto, lo que ven al mirar verticalmente arriba, es el astro central resplandeciente, que suministra calor y luz constantes sin provocar sequías.
En tanto que al mirar hacia el horizonte, la luz del Sol central se va atenuando gradualmente a través del espesor de la atmósfera, creando tonalidades suaves y crepusculares en los confines de la vista, lo que refuerza la percepción visual de estar contemplando una cúpula o «cielo» perfecto y protector.
En la física teológica de Casanova, los Megamicres no se sienten encerrados bajo una cueva de piedra, para sus sentidos su «cielo» es la bóveda atmosférica interior iluminada por el sol primordial, mientras que la masa rocosa de 92 millas actúa simplemente como la estructura invisible y firme (el Raqia) que sostiene sus mares por abajo y nuestros océanos por arriba.
En «Viaje al centro de la Tierra» de Julio Verne, se da un fenómeno similar al aquí expuesto. Cuando el profesor Lidenbrock, Axel y Hans llegan a las orillas del Mar Lidenbrock (una masa de agua interior gigantesca), Axel se queda atónito al levantar la vista y contemplar una extensión que parece un auténtico cielo con nubes.
Sin embargo, a diferencia de Casanova (que refiere un sol central fijo), Julio Verne ofrece una explicación estrictamente eléctrica y física, muy ligada al auge e interés por el electromagnetismo del siglo XIX.
Axel explica que la luz no proviene de ningún astro incandescente ni del fuego, sino que es de origen eléctrico. Se trata de una luz clara, blanca, temblorosa, de baja temperatura y muy difusa.
Julio Verne la define expresamente como un fenómeno análogo a una aurora boreal continua. Toda la atmósfera de esa inmensa caverna subterránea está saturada de electricidad.
Al no haber un foco puntual como el sol, la iluminación es uniforme y difusa, permitiendo ver todos los detalles del mar interior y de las costas lejanas sin proyectar las sombras marcadas del día terrestre exterior.
La caverna que alberga el mar interior es tan inconmensurablemente alta que genera sus propios fenómenos meteorológicos, ya que por ejemplo la presencia de la gran masa de agua genera evaporación. Este vapor asciende y se condensa en lo alto de la cueva, formando nubes que flotan bajo la bóveda de granito.
La carga eléctrica de la atmósfera ilumina estas nubes y los vapores suspendidos desde adentro, de modo que, para quien está abajo en la playa de arena, el «techo» de roca queda oculto tras una capa de vapores plateados y nubes brillantes que simulan un firmamento encapotado o un cielo del atardecer.
Quizá debido al enfoque técnico-racionalista que caracteriza su obra, o por alguna directiva de sociedades ocultas (como la «Sociedad de la Niebla»), Julio Verne no menciona el sol del mundo intraterreno.
Ya sea como decimos, debido a buscar una explicación más acorde a las premisas culturales de su mundo/contexto, o tendiendo adrede un «velo literario» tras toda esa explicación técnica suya, ocultando el misterio del sol intraterreno.
Y aclaremos aquí que la explicación de Casanova tiende a vislumbrar ese sol oculto del mundo interior, más añadimos de nuestra parte que ese «sol intraterreno» es una clase de «reflejo» o hipóstasis emanativa (en un grado de densidad diferente, claro) del sol negro.
Se hace luego en el Icosameron una rápida mención del tercer, cuarto y quinto día, en el contexto general de su exégesis.
En el tercer Día, Dios hace germinar plantas y árboles, como se cita a continuación:
«Dijo Dios: «Produzca la tierra vegetación: hierbas que den semillas y árboles frutales que den fruto, de su especie, con su semilla dentro, sobre la tierra.» Y así fue.
La tierra produjo vegetación: hierbas que dan semilla, por sus especies, y árboles que dan fruto con la semilla dentro, por sus especies; y vio Dios que estaban bien.
Y atardeció y amaneció: día tercero.» (Gn. 1.11-13)
Acertadamente Casanova señala que en la creación original del mundo interior, la vegetación no necesitó de lluvia ni del trabajo agrícola del hombre para germinar.
Por otro lado, al ordenar Dios que la tierra produzca hierbas y árboles frutales en el tercer día (antes de la creación del Sol y la Luna en el Cuarto Día), Casanova deduce que esta vegetación original no dependía de la luz solar exterior, sino de la energía y luz central del mundo interior.
A continuación, en el cuarto y quinto día, tiene lugar la creación de los astros celestes y de los animales acuáticos y aves.
«Dijo Dios: «Haya luceros en el firmamento celeste, para apartar el día de la noche, y valgan de señales para solemnidades, días y años;
y valgan de luceros en el firmamento celeste para alumbrar sobre la tierra.» Y así fue.
Hizo Dios los dos luceros mayores; el lucero grande para el dominio del día, y el lucero pequeño para el dominio de la noche, y las estrellas;
y púsolos Dios en el firmamento de los cielos para alumbrar sobre la tierra,
y para dominar en el día y en la noche, y para apartar la luz de la oscuridad; y vio Dios que estaba bien.
Y atardeció y amaneció: día cuarto.
Dijo Dios: «Bullan las aguas de animales vivientes, y aves revoloteen sobre la tierra contra el firmamento celeste.»
Y creó Dios los grandes monstruos marinos y todo animal viviente, los que serpean, de los que bullen las aguas por sus especies, y todas las aves aladas por sus especies; y vio Dios que estaba bien;
y bendíjolos Dios diciendo: «sed fecundos y multiplicaos, y henchid las aguas en los mares, y las aves crezcan en la tierra.»
Y atardeció y amaneció: día quinto.» (Gn. 1.14-23)
Es en el cuarto día precisamente en que aparece por primera vez el sol, por lo que aquí se constata nuevamente que la luz separada de las tinieblas del primer día, era otra luz anterior al sol.
Y aquella luz primigenia (pudiéndose claramente también concebir como un sol), es la fuente de luz, repetimos, del mundo intraterreno.
El sol central del interior, acorde al Icosameron, actúa como el motor térmico y lumínico de la concavidad, manteniendo una temperatura constante y una iluminación perfecta que hace de ese ámbito un entorno inmensamente superior a nuestra superficie exterior (donde tiene lugar el «exilio de Adán»).
Este astro interior es descrito en la novela como una luminaria propia y permanente de la concavidad, resguardada de los ciclos destructivos y climáticos de la superficie.
Se demuestra así, que puede existir luz, vida y germinación vegetal (la del tercer día) sin necesidad de la luz del sol exterior de nuestro cielo (que surge recién en el cuarto día).
La naturaleza en el mundo interior no necesitó, según se desprende claramente del texto, de las contingencias ni de las leyes de la superficie convexa (como la lluvia o el trabajo con sudor del hombre para hacer germinar la tierra).
La luz y el sol del interior operan allí por el contrario en un estado de armonía, próximo al orden establecido en los primeros momentos de la creación previa a la caída.
Independientemente de Casanova y los intérpretes o exégetas, tengamos en cuenta que el texto habla de «dos luceros mayores», o a veces se traduce como «dos grandes lumbreras», que tradicionalmente se interpretaron como el sol y la luna, ¡aunque no está explicitado!
Bien podrían ser esos dos luceros o lumbreras, el sol del mundo exterior y el sol del mundo interior, e interpretarse aquí «día» como el mundo de la superficie, y «noche» como el mundo intraterreno.
Interesantemente se dice también en el día cuarto «el firmamento de los cielos», y recordemos que previamente, en el segundo día, el texto dice «Y llamó Dios al firmamento cielo».
Claramente se distingue entre «firmamento» y «cielo», ya que de lo contrario, en la cita dada del día cuarto, «el firmamento de los cielos», se estaría diciendo «el cielo de los cielos», lo cual no tiene sentido.
Aunque la traducción antes citada respecto al día quinto, dice «y aves revoloteen sobre la tierra contra el firmamento celeste», los eruditos concuerdan en que una traducción más fiel al texto no es «firmamento o cielo, sino «cielos».
La razón de porqué se traduce a veces como «cielo» o firmamento en singular, se debe a la traducción tomada del latín «firmamentum», o firmamento.
Más en este caso puntual, si nos atenemos a una copia morfológica exacta del original hebreo, «Hashamaim», tenemos entonces «los cielos».
Y no es una cuestión menor, ya que aquí la orden que Dios da a los pájaros de volar «bajo la bóveda de los cielos», y no «del cielo», demuestra que entiende hablar, no del mundo interior, sino de nuestra superficie, porque en el mundo interior no puede haber sino «un cielo».
Resulta claro, y Casanova lo señala, que ese versículo se refiere al mundo exterior o de la superficie, donde la atmósfera y el espacio parecen dividirse en múltiples capas o esferas celestes.
En tanto que en el mundo subterráneo e interior que propone el Icosameron, no existen «varios cielos» u horizontes superpuestos. Al ser una cavidad esférica cerrada con un sol o foco central, solo hay una sola bóveda o un solo cielo.
Por lo tanto, el texto bíblico distingue con precisión la física de la superficie exterior de la física del interior de la Tierra.
Llegamos así al sexto día de la creación:
«Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes de cada especie: bestias, sierpes y alimañas terrestres de cada especie.» Y así fue.
Hizo Dios las alimañas terrestres de cada especie, y las bestias de cada especie, y toda sierpe del suelo de cada especie: y vio Dios que estaba bien.
Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra.
Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó.
Y bendíjolos Dios, y dijoles Dios: «Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra.»
Dijo Dios: «Ved que os he dado toda hierba de semilla que existe sobre la haz de toda la tierra, así como todo árbol que lleva fruto de semilla; para vosotros será de alimento.
Y a todo animal terrestre, y a toda ave de los cielos y a toda sierpe de sobre la tierra, animada de vida, toda la hierba verde les doy de alimento.» Y así fue.
Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien. Y atardeció y amaneció: día sexto.»
Se sostiene en el Icosameron con relación a esto, que el hombre creado el sexto día fue creado directamente en el mundo interior. Estos seres no son dice Casanova Adán y Eva, sino los ancestros de los Megamicres.
Adán contrariamente, como ya fue referido antes, fue creado o formado fuera del Edén, es decir en el mundo de la superficie, a donde posteriormente es exiliado tras su expulsión del Edén.
La creación de Adán como tal, tiene lugar según el texto bíblico luego de los «seis días de la creación, y el séptimo de descanso», refiriéndose en Génesis 2.
Un indicador de esto es el poder o dominio que se da por ejemplo de todas las bestias de la tierra. ¡El humano «descendiente de Adán y Eva» no posee un dominio natural sobre las bestias!
Claramente se está hablando de aquel ser creado en el sexto día, distinto de Adán.
Por el contrario, la exégesis teológica oficial unifica Génesis 1 (una exposición sintetizada de la creación, y mencionándose ya una primer pareja creada) con Génesis 2 (en que aparecen en escena Adán y Eva) como la historia del mismo primer ser humano.
Más Casanova separa tajantemente ambos capítulos, con lo que concordamos completamente, dada la claridad en cuestión del propio texto.
A este punto, tenemos una cuestión clave que los traductores bíblicos no se han puesto de acuerdo en cuanto a una traducción unánime, respecto a la potestad o dominio ya citado que se da al hombre sobre las demás criaturas.
Primeramente, en el texto hebreo el verbo utilizado para «dominar» o «mandar» está en tercera persona del plural («que ellos dominen» / «que ellos manden»), aunque la palabra «hombre» (Adam) aparezca gramaticalmente en singular.
San Jerónimo tradujo este verbo al latín en tercera persona del singular: «et praesit piscibus maris» («y que él presida/mande sobre los peces del mar»).
Casanova argumenta que usar el plural («que ellos manden») demuestra que la entidad llamada «hombre» creada el sexto día era desde el primer instante una pareja o pluralidad (interpretado como un ser andrógino o la pareja primordial), y no un individuo masculino aislado.
Este primer ser creado, es referido por Casanova, según se desprende del propio texto, en carácter de unidad (illum, un solo ser) y andrógino, (masculum et feminam… eos).
Es decir, un solo cuerpo (illum) que integraba sustancialmente a ambos sexos (eos). Esta interpretación es soportada o sustentada por los términos lingüísticos utilizados.
Siendo así, ¿por qué San Jerónimo, que no debe dudar que este hombre era una pareja, pone que mande, en lugar de poner que manden? Supuestamente el texto bíblico en que se basa es la versión samaritana.
Casanova acusa a San Jerónimo de haber forzado la gramática para hacerla encajar con su prejuicio dogmático.
Jerónimo asumía que Adán fue creado como un hombre solo en el sexto día y que Eva no apareció sino más tarde (en el capítulo 2). Por lo tanto, al ver un verbo en plural («que ellos manden») referido al hombre en Génesis 1:26, asumió que era un «error» de los manuscritos y lo «corrigió» al singular («que él mande»).
Frente a esto, Casanova cita en forma concordante con su análisis las principales versiones de la Antigüedad, donde tenemos el texto hebreo masorético, en que se dice claramente «ellos manden», en plural.
La Septuaginta, o versión griega de los Setenta, utiliza también el verbo en plural, (archētōsa), «que ellos manden».
De igual modo la Peshitta, o versión siríaca también mantiene el plural.
En tanto que el Pentateuco Samaritano, es una de las pocas fuentes antiguas que registra la variante en singular.
Casanova ironiza señalando que Jerónimo prefirió seguir la versión samaritana (considerada heterodoxa o secundaria) solo para justificar su idea de un Adán solitario.
Recapitulemos precisando en forma más específica. A esta altura tenemos en Génesis 1 (sexto día), la creación de la primera pareja en el mundo interior, y en Génesis 2 una creación posterior, que resulta ser Adán a partir del polvo en la superficie exterior de la Tierra, para luego ser transportado temporalmente al Edén interior y, más tarde ser expulsado de regreso al exterior.
Casanova sostiene que Adán fue creado solo en el exterior a partir del polvo, y Eva fue creada después, en dos secuencias, a partir de un costado (zela) de Adán. Indica además que Eva salió del Paraíso siendo virgen.
Argumenta que Dios solo le prohibió a Adán comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, mas no del árbol de la vida. Y en esto concordamos nuevamente, ya que a diferencia de lo que muchos teólogos sostienen de tratarse de un mismo árbol, el Génesis menciona dos.
Además recordemos, la amenaza del Demiurgo de comer del árbol del conocimiento, era que en tal caso Adán moriría. Una amenaza que claramente no sería compatible si se tratase del «árbol de la vida».
Independientemente de la distinción entre el ser creado el sexto día, concebido como andrógino, y luego Adán ya en una segunda etapa de la creación, debe acotarse que también se halla en la kabalah el concepto de «Adán», ya no limitado al personaje Adán del Génesis, sino relativo a cinco etapas de manifestación de la conciencia humana en la creación.
Esto se aclara, ya que puede dar lugar a confusión el mismo término utilizado en ocasiones en distinto contexto, del ser humano creado.
Adán como tal del Génesis, es llamado «Adán Rishon», más previo a su creación, hay otros Adanes, como Adán Kadmon, Adán de Atzilut, Adán de Beriah y Adán de Yetzirah.
Adán Kadmon de hecho, y en concordancia con la primera creación, era un ser andrógino a nivel metafísico.
Alguien podría sugerir que quizá el Adán del Génesis 2 era ya la mutación biológica operada por los Siddhas traidores del homínido, correspondiente se diría a la primera creación del hombre en el sexto día. (Génesis 1)
Lo cierto es que hubo varios intentos y ensayos del Demiurgo en su creación, a modo de experimento, y esto es lo que dio lugar a diferentes versiones y tradiciones, que aparecen a veces como en conflicto entre sí.
A este punto debe entenderse el comentario de Casanova del Génesis, distinguiendo por un lado las dos creaciones distintas del humano, más atribuyendo a la primera el carácter reptílico, siendo que en rigor de verdad existen tales seres en el mundo intraterreno, más no como «creación demiúrgica» como creía Casanova, sino procediendo del mundo increado, habiendo entrado por la puerta de Venus.
¡Ya la presencia de Adán en el paraíso conecta la historia con un protagonista esencial de la misma, nos referimos claro a la Serpiente!
Casanova analiza la figura de la serpiente aplicando el mismo rigor de exégesis racionalista que utiliza para el resto de la creación. Y no olvidemos, que pese a su enfoque novedoso y no convencional del mundo subterráneo, mantuvo cierto anclaje doctrinario como adherente de la Iglesia, por lo que pese a todo no podía gravitar demasiado lejos de su doctrina.
El «margen» que se apartó del dogma oficial por otras cuestiones, le acarreó serios problemas con la Inquisición como luego veremos.
El autor del Icosameron repasa las interpretaciones de historiadores y Padres de la Iglesia, como Flavio Josefo y San Basilio, quienes sostenían que antes de la caída, la serpiente caminaba de pie o erguida (razón por la cual el castigo posterior de Dios la habría obligado a arrastrarse sobre su vientre).
Casanova rechaza tajantemente esta idea por considerarla no racional e inverosímil en física: «Tengo más pena en imaginarme una víbora de pie, que un sentido alegórico».
Para Casanova, la «conversación» entre la serpiente y Eva, así como la apariencia del animal, deben entenderse en sentido alegórico o figurado, representando la seducción del espíritu de tentación o la voz del engaño, no una serpiente física con patas o que caminaba en postura erguida sobre el Edén interior.
Claramente desconocía la Gnosis ofídica, aunque paradójicamente, los «seres perfectos» del mundo edénico intraterreno (y según Casanova, «creados por Dios»), los Megamicres, eran seres reptílicos.
Al estar el Edén en el mundo interior, y tratándose de un entorno perfecto e inalterado, la psicología de Eva es interpretada por Casanova desde la teología como la de una criatura en estado puro de «inocencia primordial».
Ese «estado edénico», y las diversas explicaciones dadas, evoca una mezcla de reminiscencias atávicas en la memoria de sangre, por un lado de un estado «reptílico» perfecto e ideal, más al mismo tiempo atribuyéndolo a la creación del Demiurgo.
Y esta percepción reminiscente no tiene otra causa que la doble naturaleza del Virya, su esencia conformada dual, por un lado de Pasú, y por otro lado de linaje Hiperbóreo.
Casanova observa un detalle clave, y es que Eva no sintió ningún miedo ni repugnancia al conversar con la serpiente. En el mundo interior original, no existía el temor hacia las bestias ni la desconfianza.
En el versículo 14, el Demiurgo condena a la serpiente diciendo: «Arrástrate sobre tu vientre, y come del polvo por toda tu vida».
Los comentaristas tradicionales tuvieron serios problemas con este versículo, ya que biológicamente los reptiles no se alimentan de tierra. Casanova apela entonces a la física y al lenguaje cotidiano para resolver la cuestión.
Señala muy atinadamente que según la zoología, las serpientes no se nutren de polvo ni de tierra, sino de insectos y pequeños animales.
Por lo tanto, argumenta que la expresión «comer del polvo» es una figura retórica de humillación o derrota, exactamente igual al modismo que usamos hoy día de «morder el polvo» cuando alguien es vencido o derrotado.
La maldición a la serpiente no alteró la anatomía biológica de los reptiles, refiere Casanova, sino que simbolizó la degradación y el sometimiento definitivo del agente seductor.
Recordemos que desde la concepción gnóstica, la serpiente del Edén es Lucifer, y la maldición por parte del Demiurgo fue a causa justamente del conocimiento liberador, o «fruto prohibido», que la serpiente ofreció a Adán y Eva, fruto que amenazaba con desestabilizar el engaño y sometimiento demiúrgico.
Aunque comúnmente se interpreta que Eva es de naturaleza opuesta a Lilith (y por supuesto que manejamos la concepción de la tipología de mujer Eva y mujer Lilith), atendamos al significado etimológico de Eva (Havah), significando «madre, viviente o serpiente», desde una revisión del Mythos.
En árabe, Heviah connota enseñar/mostrar, y serpiente, y los persas conocían o denominaban a la constelación de la serpiente como «la pequeña Eva».
Si nos remitimos a los hechos del Génesis, Adán y Eva aceptaron el fruto de la serpiente, por lo que fueron maldecidos por el creador, al igual que lo fue la serpiente.
Y quien aceptó primeramente este fruto prohibido fue Eva, que escuchó a la serpiente dado que ella misma poseía la esencia de la serpiente, como bien indica el significado de su nombre.
Este «fruto malo», fue concebido así a partir del término latín «malum», significando tanto «malo» como «manzana», fruto no mencionado o especificado en el texto, pero sí presente en otros mitos (como el manzano de las Hespérides que confería la inmortalidad, custodiado por la serpiente Ladon), y remitiendo su color al Kalas Rojo, que aquí es «dado a Adán», entendemos ahora bajo este contexto, por «la mujer serpiente».
Existen de igual modo otros niveles de significado de esta «manzana» o fruto prohibido que aquí no examinaremos, dado que nos llevaría lejos del tema que nos ocupa.
Ahora bien, lo interesante aquí, desde toda la lectura interpretativa y análisis que venimos haciendo, es que dentro de la estructura cosmológica de Casanova, la acción de la serpiente en el Edén interior actúa como el detonante del desplazamiento geográfico del hombre, ya que tras comer del fruto ofrecido por la serpiente, Adán no puede permanecer en el mundo interior cóncavo sino que Dios lo expulsa y envía fuera del Edén, obligándolo a habitar la superficie exterior (convexa) de la Tierra.
Luego de esta expulsión del Edén, para evitar que el hombre retorne allí a comer del árbol de la vida, Dios coloca en la entrada (las cavidades que conectan ambos mundos) un Querubín portando la «espada de fuego» (Génesis 3.24), que Casanova identifica físicamente con los fuegos volcánicos que sellan las entradas del mundo subterráneo.
Dado que según el Génesis el acceso al Edén quedó bloqueado por la custodia del querubín con su espada flamígera (que Casanova interpreta como cierta cavidad volcánica inaccesible), para la historia de su novela sea concordante, Casanova hace que los protagonistas de su novela, los hermanos Elizabeth y Edward, entren al mundo subterráneo por otra vía.
Como ya se ha mencionado, el Maelstrom, un gigantesco remolino que los arrastra hacia el interior de la Tierra.
Más allá de la ficción de la novela, aquí se connota el hecho que existen diferentes entradas al mundo intraterreno.
Este descenso al mundo interior por medio del Maelstrom inspirará luego a Edgar Allan Poe a escribir su cuento «Descenso al Maelström».
Si a la cuestión del mundo intraterreno y los seres reptílicos le damos una lectura gnóstica (la cual no brinda Casanova), tenemos entonces algo que Casanova no pudo advertir. La descripción de la serpiente como erguida y dotada del habla (que Casanova desde su racionalismo interpreta en forma alegórica y figurada), es concordante con los Megamicres reptílicos de ese mundo edénico interior.
Y necesariamente ha de ser así, ya que Lucifer es el Dios Serpiente.
De modo que tras el carácter novelesco y ficticio del Icosameron, se oculta una profunda verdad gnóstica. La clave está presente precisamente en la descripción del carácter andrógino que Casanova nos da de los Megamicres.
Desde lo Hiperbóreo, concordamos en cuanto a un Edén oculto, la existencia del mundo intraterreno, y la residencia de seres ofídicos que allí moran. Más luego, esta caracterización andrógina oculta que la serpiente del Edén era una combinación de Lilith y Lucifer.
No se trata de lo que esotéricamente connota en primera instancia «el mundo de los Megamicres», como desde un primer vistazo y lectura pareciera, de un estado de perfección andrógino, (siendo esta la culminación entelequial demiúrgica del alma), sino que el relato encripta veladamente que la Diosa y el Dios Serpiente, o Lilith y Lucifer, a la vez que posee cada uno su identidad propia individual, conformando una unidad en la diversidad (y sintetizándose figuradamente diríamos en una «esfera» o quizá más precisamente «Ouroboros»), ambos decimos, se manifiestan combinadamente como la serpiente del Edén que ofrece el fruto prohibido.
Esta aparición simultánea de Lilith y Lucifer bajo una misma apariencia, es lo que oculta y vela la imagen del Megamicre andrógino.
Más allá de esta verdad gnóstica encriptada, como ya se indicó, desde una primer lectura aparece el «tapasigno» de «seres perfectos andróginos», confundiéndose, intencionadamente o no, lo Hiperbóreo con lo demiúrgico.
Anteriormente a Casanova, hubo ya otros intérpretes que habían concebido un estado de androginia edénico. La lista es larga, y con distintas variantes en sus concepciones.
Podemos citar desde el ámbito filosófico lo referido en «El banquete» por Platón, así como también Filón de Alejandría en «De Opificio Mundi» («Sobre la Creación del Mundo»), textos rabínicos como el Midrásh y el Talmud, el Zohar, o desde la patrística algunas menciones de Orígenes de Alejandría, San Gregorio de Nisa, e incluso cierto acercamiento interpretativo de esta cuestión por parte de San Agustín en «De Genesi ad Litteram» («El Génesis a la letra»).
No es el objetivo presente explicitar o detallar cada una de sus concepciones, sino pasar revista a un concepto teológico e interpretación que tiene una larga historia. Esto necesariamente ha de ser así, ya que resulta concomitante con el estado entelequial demiúrgico previsto para la creación de las Mónadas puestas a devenir en el tiempo trascendente del mundo en un orden evolutivo, que culmina precisamente en la entelequia de la androginia.
Antes de que Casanova escribiera su Icosameron en 1788, esta idea fue reactivada por el hermetismo y la teosofía protestante, pudiéndose citar aquí la teosofía mística de Jacob Böhme en época renacentista.
No podemos tampoco omitir de aquella época algunos rosacruces y alquimistas.
Aquí surge la concepción del Rebis o «Hermafrodita alquímico», que representa, bajo aquel paradigma esotérico, el objetivo final de la «Gran Obra». Es decir la reconciliación de los opuestos (Sol/luna, azufre/mercurio, masculino/femenino) para regresar a la «perfección primordial» del Sexto Día.
Para todos ellos, la mujer no fue un invento de última hora o del séptimo día, sino la mitad complementaria de una unidad primordial que fue dividida al entrar en la historia material.
Más lo novedoso en cuanto aportación singular de Casanova, es lo mencionado de la vinculación o asociación de este estado andrógino con una condición reptílica.
Se advierte aquí una confusión del Edén demiúrgico con el Origen reptílico. Esto ha de ser así, ya que el Edén como tal en el Mythos, funciona a modo de tapasigno del Origen.
La idea de ubicar el paraíso terrenal o Edén en el interior de la Tierra no fue tampoco una geogonía aislada de Casanova en el Icosameron, sino una hipótesis que circuló ampliamente en la exégesis eclesiástica desde finales del Renacimiento hasta el siglo XVIII.
A fin de conciliar la descripción geográfica del Génesis (los cuatro ríos, Pisón, Gihón, Hidequel y Éufrates) con la realidad cartográfica de un globo terráqueo ya explorado, y donde el Edén no aparecía por ninguna parte en la superficie, varios teólogos, eruditos eclesiásticos y naturalistas cristianos acudieron a la hipótesis de la concavidad o la red subterránea.
Aquí enumeraremos algunos de estos ilustres, que mantuvieron variantes de esta corriente interpretativa.
Desde ya Athanasius Kircher (1602–1680), el célebre jesuita, matemático y polímata alemán, siendo el antecedente eclesiástico más directo de esta tradición.
En sus monumentales obras «Mundus Subterraneus» (1665) y «Arca Noe» (1675), Kircher desarrolló una compleja teoría hidro-geológica basada en las cavidades de la Tierra.
Sostenía que el globo terráqueo estaba atravesado por una vasta red de canales internos, cavernas y depósitos de agua (hydrophylacia) conectados con un fuego central (pyrophylacia).
Y aunque situaba el Edén original en una región elevada de Mesopotamia, argumentaba que los ríos del paraíso no fluyen de fuentes de la superficie, sino de una reserva subterránea profunda que emana desde el centro del mundo.
En sus mapas del subsuelo, Kircher ilustra cómo las aguas del Edén atraviesan el vientre de la Tierra antes de emerger a la superficie.
En orden de importancia, y también tiempo antes de la obra de Casanova, le sigue el teólogo anglicano y capellán del rey Guillermo III de Inglaterra, Thomas Burnet, (1635–1715) que revolucionó la exégesis de la creación con su obra «Telluris Theoria Sacra» o «Teoría Sagrada de la Tierra» de 1681.
Su teoría era que la Tierra antes del diluvio universal era perfectamente lisa, uniforme y hueca, como un «huevo gigante».
El paraíso terrenal no estaba expuesto decía, a la atmósfera de la superficie actual, sino situado sobre la superficie de un gran abismo acuático subterráneo (el Abyssus del Génesis).
Cuando ocurrió el diluvio, la corteza exterior se fracturó y colapsó hacia el interior de las aguas subterráneas, destruyendo el Edén físico y creando las montañas y océanos irregulares que conocemos hoy. Para Burnet, el Edén quedó así sepultado en las entrañas del planeta.
En el siglo XVIII, el sacerdote jesuita belga François-Xavier de Feller (1735–1802) abordó las teorías geológicas en relación con la cronología bíblica, cayendo en algunos absurdos que aquí no nos detendremos, pero sí destacar su enfoque o perspectiva del mundo subterráneo.
En sus escritos apologéticos sobre la geografía bíblica, Feller recopiló y debatió las tesis de varios intérpretes que sugerían que el Edén original había sido preservado del diluvio al ser absorbido o sepultado en cavidades subterráneas infranqueables. Según esta lectura, Dios no «destruyó» el Paraíso, sino que cerró sus accesos mediante el hundimiento de la corteza y la actividad volcánica (la «espada flamígera» que custodia la entrada).
Desde la baja Edad Media y el Renacimiento, comentaristas bíblicos como el obispo Tostado (Alfonso Tostado de Madrigal, siglo XV) o el teólogo benedictino Agustín Calmet (1672–1757) en su famoso «Dictionnaire historique et critique de la Bible», evaluaron sistemáticamente todas las hipótesis sobre la ubicación del Edén.
Entre las opiniones eclesiásticas que Calmet analiza figura la idea de que el Edén ocupaba un plano cóncavo o una depresión infranqueable bajo la corteza terrestre en el hemisferio opuesto, donde el clima se mantenía en una primavera ecuatorial eterna gracias a un sistema de luz concentrada o vapores subterráneos.
Basándose en la división del Génesis entre las «aguas de arriba» y las «aguas de abajo» que ya hemos referido, algunos comentadores postulaban que el Edén estaba suspendido o resguardado sobre los grandes abismos inferiores de la Tierra, protegido de las alteraciones atmosféricas de la superficie.
Notemos asimismo que todas estas variantes de concepciones y teorías de la Tierra hueca, preceden a Casanova, y no podemos negar que hayan tenido alguna influencia en la «tesis enmascarada o velada» de su novela.
Cuando Giacomo Casanova (que recibió órdenes menores en la Iglesia en su juventud y poseía una sólida formación en teología) ubicó el paraíso en el interior hueco de la Tierra en el Icosameron, no patrocinó esa idea, ya que para entonces tenía un largo historial de portavoces que la sostenían.
Y sumadas a estas «teorías» que sostenían incluso teólogos y eclesiásticos, se hallaba la influencia oculta de sociedades esotéricas de la sinarquía, como masones y algunos rosacruces.
Estos diversos círculos y sociedades ocultas abordaban el tema del mundo intraterreno, sea monopolizándolo y discutiéndolo e investigándolo desde cierta élite de poder, o presentándolo bajo un código literario oculto (como en el caso de Julio Verne o Casanova en sus respectivas obras), e incluso desinformando en mayor o menor medida, dependiendo del nivel de información que manejase el grupo o sociedad oculta en cuestión, y sus objetivos.
Como bien sabemos, la tesis oficial de la antropología sinárquica en la actualidad ha sido desacreditar esta temática, como «ya superada por la ciencia», «sin fundamento paleontológico o científico», etc., etc.
Un encubrimiento necesario, para evitar que desde la memoria de sangre o Minne pueda evocarse un pasado atávico, que a toda costa busca ocultarse, y negarse.
Este último punto es la razón de que incluso hoy día algunos grupos esotéricos (en el siglo XIX la teosofía de Blavatsky, o en la actualidad los seguidores de Samael Aun Weor por ejemplo), aunque adhieren a la concepción de la Tierra hueca, captan al buscador incauto que se aproxima a cierto grado de verdad, confundiéndolo y desviándolo con otras cuestiones, agregando o sumando en toda su mezcolanza sincrética (típico enfoque New Age controlado por la sinarquía) el tema de la Tierra hueca.
Sobre el vínculo de Casanova con sociedades ocultas y esotéricas, sabemos que fue iniciado en la francmasonería en Lyon en 1750, alcanzando rápidamente altos grados (llegó al grado de Maestro) y mantenía fuertes vínculos con círculos rosacruces.
Para Casanova, la masonería no era solo una vía de influencia social, sino un espacio de debate filosófico y cosmogónico.
Cuando decidió publicar el Icosameron en Praga en 1788, la obra era gigantesca (cinco volúmenes en francés), y la publicación fue un desastre financiero porque requería un sistema de suscripción previa.
Entre los suscriptores y promotores de la obra se encontraban figuras clave de la nobleza centroeuropea alineadas con la francmasonería, los rosacruces y los Iluminados, como el Conde Waldstein, su gran mecenas final en el castillo de Dux, quien era un apasionado de la alquimia y las ciencias ocultas.
El sitio o región en que se localizaba el castillo de Dux (y donde Casanova pasó los últimos años de su vida), era una zona con profundas tradiciones esotéricas sobre las minas y cavidades subterráneas de Europa Central.
Aunque la novela utiliza la fachada de una exégesis bíblica y una aventura de ciencia ficción, transmite algunas nociones gnósticas y esotéricas ocultas.
Ya tiempo antes de escribir el Icosameron había tenido un enfrentamiento con la Inquisición veneciana (los Inquisitori di Stato), repercutiendo en su reputación como «heterodoxo».
El 26 de julio de 1755, por orden de los Inquisidores de Estado de Venecia, Casanova fue arrestado y encarcelado en la prisión del palacio Ducal, (conocida como I Piombi [«Los Plomos», por las planchas de plomo del tejado que hacían las celdas sofocantes de calor en verano y heladas en invierno]).
Los cargos de la Inquisición contra él incluían prácticas esotéricas y magia, poseer manuscritos de grimorios, y tratados de magia negra y alquimia.
Tenía además en su poder obras de autores prohibidos por el Index Librorum Prohibitorum, como Voltaire, Rousseau y Pietro Aretino.
En la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre de 1756, Casanova protagonizó uno de los escapes más famosos de la historia, fugándose de I Piombi, perforando el techo junto al fraile Marino Balbi, deslizándose por los tejados del Palacio Ducal y huyendo hacia el exilio.
Esta hazaña, que él mismo cuenta en su obra Histoire de ma fuite, lo convirtió en una celebridad europea.
El Icosameron podría decirse que fue en cierto grado, la respuesta intelectual madura de Casanova a todos esos años de persecución inquisitorial y desencanto de la Iglesia.
Más no escribió esta obra atacando abiertamente a la Iglesia (sabiendo lo dura que era la censura), sino que ideó un sofisticado sistema en código de doble lenguaje.
Por un lado, para el lector común o el censor eclesiástico, el comentario literal del Génesis parecía un ingenioso esfuerzo de demostración científica para validar su veracidad.
En tanto que sus cofrades de las sociedades secretas, conocían el trasfondo oculto, y manejaban el secreto de la Tierra hueca, que para un simple lector de la obra se trataba de una ficción.
Algo similar ocurrió con Julio Verne, teniendo tras él la «Sociedad de la Niebla».
De igual modo que el texto bíblico del Génesis, también podemos hallar referencias claras al mundo subterráneo en otros textos y tradiciones (por supuesto con sus respectivas y propias concepciones), como las Eddas nórdicas, en la épica sumeria de Gilgamesh, en el Popol Vuh de los mayas, o en los Puranas, Mahabharata y Ramayana de la India.
Y más allá de las diversas geogonías, insertas en distintas cosmogonías, debemos saber que tenemos que diferenciar por un lado ciertas civilizaciones que se hallan en la superficie del interior de la Tierra, del mundo intraterreno propiamente, ya en el centro de la Tierra.
Tenemos así entonces los habitantes de la superficie terrestre que aquí vemos, luego los mesoterrestres en el interior de la corteza terrestre, y en tercer lugar los intraterrestres en el centro del mundo, ¡los Primordiales!
Discrepando de la medida dada por Casanova, de 92 millas, o 148 km, concordamos más bien con especialistas que indican que el grosor de la corteza terrestre, separando la superficie del centro del mundo intraterreno, son unos mil km.
Más por otro lado, tampoco se trata meramente de «descender bajo tierra», ya que existen portales dimensionales o puertas expandidas, que conducen en el interior de la Tierra a distintos planos o «mundos», entre los que encontramos desde los que se hallan bajo cierto designio demiúrgico, a la morada de los Siddhas, oculta de la superficie exterior.
De allí que meramente mediante la medición técnica, y desde la física convencional (pese a que los cálculos matemáticos en rigor de verdad no cuadran a la explicación oficial de la ciencia), muchos geólogos y científicos rechazan la posibilidad de un mundo intraterreno.
Y desde ya por supuesto que en ese ámbito intraterreno y oculto, las «leyes de la física» como son concebidas desde el racionalismo cientificista, tales como la gravedad, pueden operar en forma muy distinta a lo que aquí se observa y conoce.
Esto es magistralmente expuesto nuevamente por Nimrod de Rosario, en «Fundamentos de la Sabiduría Hiperbórea», Tomo II, elaborando sobre la concepción del Gravis como sigue: «El que ha comprendido la Teoría Gravis, por ejemplo, puede BUSCAR EN SÍ MISMO, en su microcosmos el punto indiscernible y, POR MEDIO DE LA VOLUNTAD GRACIOSA, DESPLAZAR EL CENTRO DE GRAVEDAD FUERA DE SU CUERPO, EVITANDO EL PESO, ES DECIR, LA TRACCIÓN QUE LA TIERRA EJERCE SOBRE SU MASA: ES LA “LEVITACIÓN”. Pero, como su propio punto indiscernible es el mismo que el de esa piedra que está allí, podrá moverla también con un acto de su voluntad: es la “psicokinesia”. Más, cuando a un cuerpo material hábilmente diseñado se lo lleva a coincidir en su entelequia con la de un cuerpo humano, entonces se dispone de un vehículo “que viaja sin motor”, como los que siempre han tripulado los Hiperbóreos. Y como en el punto indiscernible hay distorsión espacial, tales vehículos pueden tornarse invisibles por “aceleración temporal” y no por “altas vibraciones” como sostienen ciertos ufólogos materialistas y sinarcas.
Por último: en el centro de la Tierra, dada la gran potencia de su masa, hay un poderoso punto indiscernible que altera de tal modo el espacio y el tiempo, que puede encontrar allí, SEGÚN LA MANERA COMO SE ACOMETA EL ACERCAMIENTO, desde un núcleo de magma tan caro a los geólogos miopes, hasta una porción simultánea del espacio cósmico, es decir, un firmamento estrellado, pasando por muchos estados intermedios que dependen del espacio de significación demiúrgico.»
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